Roberto González-Amado: “La rebeldía frente al pensamiento irracional de las religiones”

Desde que en el bachillerato tuvo que elegir entre ciencias o letras, el ex-catedrático de Física Aplicada de la Universidades Politécnica y Carlos III de Madrid,  Roberto González-Amado, tenía una cuenta pendiente: dedicar tiempo a escribir. De esta necesidad surge Los dioses que no podían serlo, una novela que con elementos de la ciencia-ficción nos acerca a aquellos seres humanos que una vez estuvieron “contaminados por el virus religioso”. Por Lidia Díaz – Cardiel / Elena García Varela.

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Zahara, habitante del planeta Pontus colonizado por los humanos, es la encargada de viajar a la Tierra para realizar un informe sobre las ideas dominantes que tenían los seres humanos en el periodo de 1920 a 2120 (la Época Folletinesca). Durante su viaje, aprende la enorme influencia del pensamiento religioso en la vida de los hombres. “No pienso que sea un libro de ciencia-ficción: simplemente he utilizado algunos elementos de la misma para poder crear el universo que a mí me interesaba”, explica González-Amado.

Este universo está exento de los dioses que rigen nuestros actos, sin la tiranía de las religiones y sin la ética que procede de ellas. “Yo escribí el libro por rebeldía, para que nadie me imponga su forma de pensar. Para decir: déjenme a mí que piense lo que quiera y luego, ustedes podrán o no juzgar mi comportamiento. Sentar el principio de que determinadas decisiones son mías, como por ejemplo la eutanasia. Yo no le reconozco la autoridad a ningún sacerdote, pero tampoco a ningún médico, para decidir si quiero o no quiero irme. Siempre que esté en mis cabales cuando tome la decisión, no creo que nadie debiera impedírmelo”, señala el autor.

La denominación Época Folletinesca, tomada de la novela El Juego de Abalorios de Hermann Hesse, hace referencia al material basura transmitido por los medios de comunicación para el consumo diario de millones de personas. En Los dioses que no podían serlo los humanos han conseguido dejar atrás las sombras de la Época Folletinesca y se han extendido por otros lugares del universo, como Pontus. “No quiero pensar que en el futuro vamos a vivir en un mundo de autómatas”, indica el autor.  Y añade que los habitantes de estos nuevos planetas necesitan conocer “la evolución sin olvidar los orígenes del ser humano” para desarrollar la sociedad no solo en el aspecto científico-técnico sino también en lo social.

Para ello, se apoya en el otro protagonista de esta novela, Yago, que le mostrará a Zahara la Naturaleza en el planeta Tierra y como ésta ha determinado muchas de las necesidades, pero también inspirado muchos de los mejores sentimientos de los seres humanos. “No creo en un mundo solo racional. No quiero pensar que llegará un momento en que todo se va a deshumanizar. La civilización puede llegar a ser todo lo técnica y avanzada que podamos imaginar, pero sin prescindir de ese otro componente fundamental que es la Naturaleza”, sentencia el autor.

La confianza en que la sociedad evolucione tanto como para vencer la tiranía de las religiones y la injerencia de las élites religiosas es para el autor la promesa de un futuro halagüeño, un futuro sin profecías, pero con la esperanza puesta en el valor de la ética de un ser humano que cree sobre todo en sus propias capacidades de avanzar hacia un mundo mejor. Pero también de un presente mejor: “cada uno debería ser libre de pensar lo que quiera, aunque las religiones intenten implantar sus creencias. De no ser así, tendríamos una forma de ver la vida y las cosas que para mí es completamente inadmisible”.

En esta novela se respira la rebeldía del autor contra “los que digan que dos hombres o dos mujeres no pueden vivir juntos en matrimonio. Pero ¿Por qué? Déjenles que lo decidan ellos. Y creo que hemos avanzado una barbaridad en poco tiempo. Tanto es así que hasta el propio Papa Francisco I dice ahora que la iglesia ha prestado demasiada atención al aborto, al divorcio y al matrimonio entre parejas del mismo sexo”.

Los dioses que no podían serlo abre una puerta para pensar que un día las religiones desaparecerán de nuestras vidas y “una de las cosas que va a ayudar es Internet: el medio de difusión que se salta todas las barreras y permite confrontar distintos modos de vivir y pensar”.

Al final del libro, Zahara y Yago, “nunca contaminados por el virus religioso”, acaban sus días con la ceremonia del Pesaj, en la cual uno se despide cuando quiere, donde quiere y sobre todo junto a la gente que quiere. 

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